“La letra con sangre entra” era una máxima educativa del siglo diecinueve, obviamente superada por la pedagogía que vino después. Pero superada por cruel, no por poco efectiva. Porque lo que se aprende con esfuerzo, con ansiedad, con sufrimiento, se suele incorporar a fondo.

A lo largo de décadas, los argentinos cursamos una materia que sucesivamente se llamó Instrucción Cívica, Cultura Ciudadana y Educación Democrática, cantamos el himno en la escuela cientos de veces, e izamos la bandera otras tantas. Sin embargo, puede afirmarse que la sociedad argentina, en general, no había aprendido realmente qué significa vivir en una república democrática, con instituciones que se conocían poco y se tenían por morosas, cuando no por inocuas.

La historia caudillista, continuada después por fraudes electorales, dictaduras militares o gobiernos electos con mayorías dominantes, hacía que el argentino común tuviera la sensación de que gobernaba sólo “el que estaba arriba”, y que instituciones como el Congreso de la Nación eran poco más que un telón de fondo para guardar las formas democráticas.

Pero a las 4.20 de la madrugada del 17 de julio de 2008, como quien entiende de pronto la fórmula para solucionar un problema en la noche en vela previa a un examen, la sociedad argentina en su conjunto, a uno y otro lado de la grieta que se estaba formando, aprendió una lección de funcionamiento republicano que tuvo consecuencias que los historiadores aún no han calibrado del todo. Las semanas de angustia al lado de las rutas de la gente del campo, así como las de euforia envalentonada de parte de los seguidores del gobierno, la explosión de sorpresa y alegría de un lado y el desconcierto y la bronca del otro, fueron todas emociones fuertes que marcaron a fuego en todos el concepto de que no hay solo “uno que manda”, sino un sistema de poderes, con pesos y contrapesos.

Es interesante destacar que en la ceremonia recordatoria de esa fecha que se hizo en la Sociedad Rural Argentina, con la presencia de los integrantes de la Mesa de Enlace de entonces y de ahora, haya sido el Senador Alfredo de Angeli, improvisado orador fuera de programa, quien resaltara el aprendizaje democrático. Dijo que la gente, especialmente en el campo, no diferenciaba entonces entre un senador, un diputado, un gobernador. Eran, de algún modo, personajes distantes en quienes el ciudadano común no sentía que pudiera influir en modo alguno.  Que esa madrugada todos los argentinos aprendimos qué quería decir la democracia. De algún modo él es un símbolo de ese aprendizaje: con su famoso “minga!”, su diente faltante, su tránsito, como dice ahora, “del tractor a senador”, representa la forma de hacerse cargo de transformar la realidad a través de las instituciones de la república.

Hoy celebramos la gesta en defensa de los derechos del campo, así como recordamos a los miles de productores que se movilizaron sin descanso y con inteligencia, como aquellos treinta sentados toda la noche en la vereda de la casa del Senador Rached, en Santiago del Estero, el que a último momento causó el inesperado empate. Pero también, mirando hacia adelante, desde Barbechando nos parece importante señalar la trascendencia del aprendizaje institucional, única forma en que los argentinos -todos-  podremos ir superando los enormes problemas que arrastramos desde hace tantos años. Bienvenida esta letra que, con dolor pero, afortunadamente, sin sangre, ha calado hondo entre nosotros.

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